
Había una vez un niño al que le encantaba hacer volar su cometa. No tenía nada más. Ni amigos, ni familia, ni ningún otro juguete. Sólo tenía a su cometa. Cuando se sentía solo, triste o alegre hacía volar su cometa. Jugaba cerca de la playa de la arena negra a causa del petróleo o se acercaba a las trincheras destruidas, ya que por esa zona pasaba mucho el viento. Siempre con su cometa bajo el brazo. Difícilmente se encontraba a alguien por la calle. Todo estaba destruido, ese pueblo costanero que un día fue un lugar idílico para el turismo ahora era un lugar fantasmagórico. La guerra lo había destruido todo. El pobre niño no pedía nada más que ser querido por alguien, poder jugar con una persona, compartir sus emociones con ella….
Ese niño creció, y en cuanto pudo se marchó de su pueblo dispuesto a empezar una nueva vida en otro lugar dejándolo todo atrás. Bueno, todo no. ¿Sabéis que se llevó consigo? Su cometa. Y en el día de hoy, si miras bien al infinito, todavía puedes ver esa cometa danzando por los aires al ritmo que la lleva el viento.

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